Motorsport

Nostalgia, algoritmo y bronca: la trampa en la que cayó Julián Santero

La polémica por la palabra “amateur” que usó Julián Santero dejó al descubierto un malentendido típico del automovilismo argentino: confundir profesionalismo con espectáculo.

En el automovilismo  hay dos cosas que nunca cambian: el ruido de los motores y la nostalgia como arma blanca. Hablás del Turismo Carretera de los ’80 o los ‘90 y a medio país se le humedecen los ojos: el sobrepaso imposible, el auto cruzado, el piloto manejando con una mano y sobreviviendo con la otra. Es un recuerdo hermoso… y también una trampa. Porque cuando el pasado se convierte en altar, cualquier comparación suena a herejía.

Julián Santero entró sin querer en ese campo minado en una entrevista. Habló de aerodinámica, de velocidad, de identidad de categoría. Y cuando llegó la clásica pregunta “¿por qué en los ‘90 se veía mejor espectáculo?”, respondió desde un lugar lógico para un piloto de 2026: hoy el automovilismo es más profesional, la paridad es enorme y por eso “no nos pasamos tanto”. El problema no fue el argumento: fue una palabra con la que quiso definir aquel automovilismo: “amateur”.

En Argentina, “amateur” no se lee como diagnóstico histórico: se lee como falta de respeto. Y el algoritmo -ese comisario deportivo sin licencia- hizo el resto: un clip que se hizo viral, indignación, ola de puteadas y mensajes de odio. La discusión que podía ser interesante (¿qué TC queremos ver? ¿menos carga? ¿más sobrepasos aunque cambie la esencia?) se convirtió en otra cosa: un juicio moral con sentencia inmediata.

EL INSULTO NO FUE “AMATEUR”…

Oscar Castellano y Roberto Mouras 1

La palabra “amateur” no incendió por lo que significa, sino por lo que cada uno creyó escuchar. Para algunos fue “ustedes antes eran unos improvisados”. Para otros fue “me estás bajando a mis ídolos”. Y para el algoritmo fue, simplemente, carnada: una frase cortita, fácil de titular y más fácil todavía de indignarse.

Pero el automovilismo no es un tuit. Es contexto. Y el contexto, en Argentina, duele porque te toca dos nervios: el orgullo y la nostalgia.

Santero, en el fondo, estaba diciendo algo que cualquiera que haya vivido la evolución del deporte reconoce sin esfuerzo: hoy todo es más profesional. Hay más data, más herramientas, más simulación, más ingeniería, más procedimientos, más entrenamiento físico, más estructura. La diferencia es que él lo dijo con una palabra que en el oído argentino suena a desprecio cuando, históricamente, describió otra cosa: un sistema.

Y ahí está el primer punto de esta columna: si convertimos cada palabra en una ofensa, nos quedamos sin conversación. Y sin conversación, lo único que queda es la tribuna gritando sola.

EL TC DE LOS ’90 ERA AMATEUR… Y POR ESO FUE TAN POPULAR

Acá hay que decirlo sin miedo a que te tiren con un adoquín por la cabeza: el TC de los ’90 tenía rasgos amateur evidentes. No amateur en talento -porque talento sobraba-, sino en condiciones, infraestructura, recursos y cultura de trabajo.

Ese TC era de garaje grande. De taller prestado. De motoristas con manos negras de aceite y soluciones creativas. De autos que se armaban con lo que había y se defendían con lo que se podía. Y, sí: de pilotos que muchas veces corrían con ropa que hoy te daría escalofríos, porque las exigencias de seguridad en aquel TC no eran las de hoy y porque el presupuesto mandaba. Los pilotos corrían con mocasines y trajes de dos piezas con dudosa propiedad ignífuga.

La pregunta incómoda es esta: ¿Eso lo hacía menos “deportivo”? ¿Menos “auténtico”? ¿Menos espectacular? No. Lo hacía otra cosa. Lo hacía épico. Lo hacía cercano. Lo hacía popular.

Porque cuando una categoría se financia con peñas, cenas, bonos contribución, amigos que ponen el hombro y un pueblo que adopta un auto como si fuera un club de fútbol, se construye un vínculo emocional que no lo compra ninguna campaña.

Ese amateurismo era un combustible social. Y el TC se hizo gigante en parte por eso: porque era el campeonato donde el piloto parecía uno de los tuyos. Donde el riesgo era visible. Donde la precariedad también se transformaba en relato. No era lo ideal -muchas cosas no deberían repetirse-, pero fue real.

Y ahí aparece el segundo punto de esta opinión: el amateurismo no le quita mérito al espectáculo; a veces lo explica.

EL TC2000 DE ESA MISMA ÉPOCA ERA OTRA PELÍCULA

Juan María Traverso
Traverso con Peugeot al frente de una carrera en TC2000, 1995.

Mientras aquel TC de los ’90 construía mito con carne y grasa, el TC2000 ya tenía otra lógica: equipos oficiales, estructuras con presupuesto, autos más alineados a la industria, pilotos que cobraban por correr, estándares de seguridad que seguían reglas más claras y -esto es clave- una relación más directa con la idea de profesionalismo moderna. No es juicio de valor: es descripción de modelo.

El TC2000, con su ADN más “industrial”, tenía razones concretas para ser profesional en forma y fondo. Había marcas, había objetivos de marketing, había que sostener una imagen, había que cumplir homologaciones y protocolos. El profesionalismo no era un eslogan: era una condición para existir.

Entonces sí, dicho sin vueltas: ese TC2000 era más profesional que el TC de la misma época. No porque fuese “mejor”, sino porque actuaba en consecuencia de su ecosistema.

Y acá aparece el tercer punto: el profesionalismo no garantiza espectáculo. Lo puede mejorar, claro. Pero no lo garantiza. Porque el show no sale de un Excel. Sale de cómo se cruzan la pista, el reglamento, el circuito, la aerodinámica, el neumático, el peso, el rebufo… y la valentía.

CREER QUE “PROFESIONAL” ES SINÓNIMO DE “BUENO”

Este malentendido es típico del deporte argentino y se repite en todo: “profesional” como medalla moral. Como si decir “antes era amateur” equivaliera a decir “antes era malo”. No.

En muchísimas disciplinas, la etapa amateur fue la edad dorada del espectáculo. Porque había más imprevisibilidad, menos guión, menos filtro, menos presión corporativa. También había más riesgo, sí. A veces demasiado. Pero el punto es otro: el show no se mide por el número de planillas de procedimientos. Se mide por la intensidad.

El TC de los ’90 fue inolvidable porque te dejaba con la garganta apretada. Porque había épica. Porque el sobrepaso valía doble: por la maniobra y por el coraje. Porque el auto se movía para todos lados y porque el piloto parecía vivir al borde.

¿Era sostenible? Probablemente no. ¿Fue popular? Absolutamente sí.

Entonces, cuando Santero dice “amateur”, muchos lo escuchan como “no valía”. Y es al revés: ese amateurismo fue parte de lo que lo hizo masivo. Le dio identidad. Le dio pertenencia. Le dio pueblo.

LA CONVERSACIÓN QUE DEBERÍAMOS ESTAR TENIENDO…

¿Qué auto maneja Agustín Canapino?

En vez de discutir si Santero “faltó el respeto”, podríamos estar discutiendo lo que de verdad importa: ¿Queremos un TC con menos carga aerodinámica aunque cambie su manejo y su identidad? ¿Queremos más sobrepasos aunque eso implique autos más lentos o más nerviosos? ¿Queremos un espectáculo más “visible” a costa de la sofisticación técnica? Y todavía más profundo: ¿Qué parte del pasado queremos recuperar y cuál es mejor dejarla en el museo?

Porque hay algo que conviene decir con honestidad brutal: nadie sensato quiere volver a los trajes de dos piezas de dudosa capacidad de impedir que un piloto se prenda fuego. Nadie quiere que la seguridad sea un “detalle”. Nadie quiere que el piloto corra como si la protección fuese un acto de fe.

Pero sí se puede querer recuperar otras cosas: la imprevisibilidad, el auto con movimiento, el reglamento que premie más el ataque, el circuito que habilite maniobras, la carrera que no se cocine en un tren aerodinámico. Esa es la charla adulta. El resto es tribuna.

EL AMATEURISMO NO ES VERGÜENZA

El TC de los ’90 no fue menos TC por ser más amateur. Fue, en muchos sentidos, más TC. Porque su popularidad nació de esa mezcla rara de pasión, precariedad, valentía y comunidad. Se construyó con peñas, asados, rifas, talleres, pueblos enteros detrás de un número pintado a mano.

El TC2000, en cambio, crecía por otro carril: el de la industria, la estructura y la profesionalización alineada con estándares internacionales. Y está perfecto. Era su naturaleza.

Lo que no está perfecto es que no sepamos distinguir conceptos. Que pensemos que “amateur” es insulto. Que nos ofenda una descripción histórica. Que nos cueste aceptar que el espectáculo no siempre viene de la pulcritud.

Porque si el amateurismo fue lo que lo hizo popular, entonces defenderlo no es defender la precariedad: es defender la identidad. Y también es entender una verdad que debería unirnos en vez de separarnos: el espectáculo no depende de cuánto ganás, sino de cuánto te animás a hacer detrás de un volante.

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Diego Durruty

Soy un periodista con más de 35 años en el ruedo. Arranqué en revistas como CORSA, El Gráfico, Coequipier y SóloTC, pero también me aventuré en el mundo digital en SportsYa!, e-driver.com y kmcero.com. Si eso no te sorprende, también me escuchaste en las radios Rock&Pop y Vorterix.com. Ah, y no puedo olvidar mis coberturas del rally Dakar para la agencia alemana dpa. Hoy en día escribo en Automundo.com.ar y para que no se me escape nada, también conduzco los magazines Dos Tipos Audaces y Motorix en YouTube. ¡No hay quién me pare, amigo!

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