El auge de las carreras de regularidad con autos clásicos

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Las carreras de regularidad con autos clásicos han protagonizado un impresionante auge en los últimos años, desde que a finales de la década de los ochenta del pasado siglo se comenzara a crear una auténtica cultura de competición histórica. Las Mille Miglia italianas, por ejemplo, demostraron que los coches antiguos podían volver a la vida y salir de sus apolillados museos y garajes, sin riesgo para su integridad, ni la de sus pilotos.

La “fiebre” de los rallys clásicos no se popularizó realmente a nivel continental hasta la siguiente década, cuando empezaron a definirse las normas internacionalmente. Y se crearon dos variantes: competición pura y regularidad. Como norma general, los coches participantes deben tener un mínimo de 25 años (en algunos rallys exclusivos, incluso más) y, según el organizador, se les exige mayor o menor “pedigrí” (historial, palmarés u originalidad) o preparación deportiva.

La regularidad no es un concepto nuevo: en los años ’50 y ’60 todos los rally se disputaban bajo esta fórmula, con medias de velocidad impuestas que había que ir cumpliendo en todo el recorrido.

La regularidad “moderna” ha renacido de dos formas: una “soft”, apadrinada por la FIVA (Federación Internacional de Vehículos Antiguos) y otra “heavy” o “Sport”, bajo el paraguas de la FIA y sus Federaciones Nacionales de Automovilismo. ¿La diferencia? la primera se disputa a carretera abierta al tráfico y con medias inferiores a 50 km/h. La variante Sport requiere cerrar tramos como si de un rally de competición se tratase, las medias de velocidad son más elevadas; y se requieren licencias y medidas de seguridad en los coches y en sus ocupantes.

Piloto y copiloto tienen que compenetrarse muy bien, ya que deben pasar por cada punto de control -que son secretos-, con una precisión de centésima de segundo. Parece fácil, pero no lo es en una carretera llena de curvas, sin saber dónde está escondido cada sensor de control.

Como las diferencias entre ganar y perder se estiman en apenas un puñado de puntos tras muchos tramos y kilómetros, la cosa se complica aún más. Y es que resulta muy difícil mantener la media exactamente y hasta la décima (por ejemplo, 45,3 km/h) y con sucesivos “cambios de media” a lo largo de cada tramo sin perderse… ya que se puede medir hasta un centenar de kilómetros, cruzando poblaciones, zonas con tráfico, cruces…

Hasta hace pocos años, el copiloto sólo contaba con tablas de papel y un cronómetro, además de un medidor de distancia electro-mecánico, denominado genéricamente “retrotrip”. Era necesario un constante esfuerzo de cálculo e ir cantando al piloto las referencias varias veces por kilómetro.

Los modernos sistemas de cronometraje digitales por “transponder” o “GPS” han dejado obsoletos a los comisarios “crono-en-mano” desperdigados por la carretera y han desterrado los errores humanos. La electrónica digital ha venido en su ayuda simplificando el proceso -primero- con las “speed-tables”, después con los aparatos tipo Blunik (que ya hacían el cálculo de distancia y tiempo y hasta compensaban desviaciones); y ya, más en la actualidad, con programas de ordenador y tablet que ofrecen todo tipo de información, con luces y avisadores acústicos, instantáneamente, metro a metro.

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Este instrumental solo requiere de una calibración precisa de su sonda, normalmente conectada a las ruedas. Cada rally ofrece un “tramo de ajuste” en el “roadbook” para que los participantes ajusten sus aparatos antes de la salida y los sincronicen con la medición oficial.

El piloto se centra en seguir las instrucciones del copiloto y del propio aparato; y en conducir siempre por la derecha, que es por donde se midió el rally. Trazar las curvas significa “comerse” metros y falsear los tiempos.

Por renombre y complejidad, el Rally de Montecarlo Histórico es el paradigma de la especialidad. Aunque parezca mentira, se disputa “a carretera abierta” (con tráfico a favor y en contra), con la complicación adicional del hielo y la nieve habituales de los Alpes Marítimos. Eso obliga a llevar una variedad de neumáticos (normales y de clavos) que hacen casi imprescindible contar con un coche de asistencia. Es más, para optar a la victoria también es casi imprescindible un “ouvreur”: un coche del equipo que circula por la carretera con anterioridad y va indicando cualquier eventualidad del terreno y dónde hacen falta clavos.

El Automobile Club de Mónaco no da más que un esbozo de “roadbook” con los puntos principales de paso, lo que implica que cada tripulación debe hacerse el suyo propio, entrenando previamente todo el recorrido. Otra peculiaridad de este rally es que conserva su viejo formato, con salida desde media docena de ciudades europeas, forzando a hacer un agotador recorrido de concentración de cientos de kilómetros durante más de 24 horas sin descansar, antes del primer tramo cronometrado. Luego, tras largas etapas, se acaba con la “noche del Turini” en los más famosos puertos de montaña próximos a Mónaco, habitualmente cubiertos de hielo.

Los amantes de la velocidad tal vez no se sientan a gusto con esta especialidad. Sin embargo, la regularidad cada vez tiene más adeptos y cuenta con carreras emblemáticas. Se trata de una propuesta atractiva y en la que se lucha de otra manera contra el cronómetro.

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