
Dakar: cuando lo más simple también se vuelve una prueba
En los vivacs tomar una ducha caliente puede convertirse en una misión de alto riesgo. Con más de 4.500 personas por campamento, elegir bien dónde bañarse también es parte del juego.
DIARIO DE VIAJE DESDE ARABIA SAUDITA
El Dakar te obliga a entender que incluso las tareas más simples y cotidianas pueden volverse un pequeño desafío. Una ducha caliente, por ejemplo.
Desde que la carrera llegó a Arabia Saudita en 2020, este servicio mejoró de manera constante, es cierto. Pero aun así, conseguir una ducha en condiciones “aceptables” en aquellos campamentos donde la caravana pasa varios días, como el de Yanbu, puede transformarse en una misión tan compleja como acertarle a un waypoint en pleno Empty Quarter.

En cada campamento conviven más de 4.500 personas. La cantidad de duchas alcanza, el problema es otro: el desgaste. Con el correr de los días, el uso constante hace su trabajo y el estado de los sanitarios empieza a deteriorarse. Hoy lo comprobé en carne propia.
A unos veinte metros donde tengo mi carpa -sí nada de hoteles hasta llegar a Riad- está el sector de baños y duchas. Como todas las mañanas, antes del desayuno, fui en busca de esa ducha reparadora que te devuelve a la vida. Llegué al container, subí las escaleras, abrí la puerta y ahí estaba: un muchacho que me miró como diciendo “por favor, no entres”.
Conmovido -y advertido- empecé a abrir uno por uno los cubículos, El diagnóstico fue inmediato: todas las duchas estaban detonadas. Algunas con tanta arena que podías armar un castillo, ninguna con el rociador en su lugar y varias con agua estancada. Aquella mirada había sido una advertencia. No tenía que entrar.

Sin dudarlo, encaré hacia las duchas ubicadas junto al restaurante. Generalmente hay más y, por estadística pura, alguna zafa. Subí la escalinata, abrí la puerta y me recibió otro joven. Lo saludé en inglés, me respondió en árabe, pero su semblante era distinto: el de alguien que tenía todo bajo control.
Un rápido vistazo a un par de cubículos vacíos me devolvió la esperanza. Al entrar noté un detalle clave: el container estaba apenas inclinado. Lo suficiente como para que del lado derecho se acumulara un par de milímetros más de agua que del izquierdo. Bingo. Elegí la izquierda.
El piso no estaba seco, pero tampoco convertido en esa mezcla liquida que haría delirar al Monstruo del Pantano. El agua salió a la temperatura justa. No para quedarse media hora, pero sí para sentirse, por unos minutos, como en casa.
Ya afuera, mientras me ponía las zapatillas, vi a un francés abrir una de las duchas del lado derecho. Respiró hondo, como tomando coraje… y se metió.
Ahí entendí que mi elección había sido la correcta. Solo pensé: “que Dios se apiade de él”.