
El día en que la AMG Experience me mostró la performance en su versión más humana
Prestige Auto realizó en el autódromo de La Plata una jornada donde técnica, adrenalina y aprendizaje se mezclaron para que los clientes vivan lo que un AMG puede hacer en condiciones reales.
No todas las mañanas arrancan con la promesa de que un auto de más de 400 caballos te va a cachetear el ego. Algunas sí. Y esta AMG Experience, que organizó Prestige Auto en el autódromo Roberto Mouras de La Plata, tenía ese perfume: mezcla de miedo, adrenalina y el cosquilleo en el estómago que aparece cuando sabés que el día puede salir épico… o terminar con un “¿por qué frené ahí?”.
Lo particular de esta jornada no era solo el olor a caucho tibio y los emblemas cromados brillando al sol, sino el equipo que te iba a acompañar. De un lado, Frank Ballweg, un ingeniero alemán que recorre el mundo explicando los secretos de AMG. Del otro, dos pilotos profesionales –Diego Azar y Otto Fritzler– listos para salir a pista con vos y mostrar, sin anestesia, la distancia entre manejar y manejar bien.
LOS SECRETOS DE AMG REVELADOS POR UN EXPERTO

La jornada en el autódromo platense no empezó con motores rugiendo ni gomas castigadas. Empezó en silencio, en un box iluminado por tubos blancos y un AMG que ofició de “auto escuela”.
Ahí estaba Ballweg, el hombre que Mercedes-Benz envía por todo el mundo con una misión muy concreta: enseñarles a los propietarios de AMG cómo exprimir realmente sus autos.
No es un mero instructor técnico; es uno de los ingenieros responsables del programa global AMG Service Clinic, una experiencia diseñada para que los usuarios comprendan a fondo los sistemas de alta performance, los modos de conducción, las configuraciones del chasis, y todas esas funciones ocultas que los autos esconden como si fueran secretos familiares.

Ballweg habla de la tecnología AMG con una familiaridad casi íntima. Lleva más de treinta años en la compañía, viaja de país en país revelando los secretos de los AMG y tiene la habilidad de desarmar un concepto complejo y volverlo cristalino sin perder un gramo de sofisticación.
Lo dice con la naturalidad de quien comenta el clima, pero deja impacto: “Los clientes siempre descubren al menos cinco cosas que no sabían que su AMG podía hacer.” Y claro: tenía razón. La parte técnica te abre los ojos. La parte práctica -la pista, el vértigo, el límite- directamente te hace temblar..
EL MOMENTO DE LA ACCIÓN

Primer auto. AMG C43 4MATIC con 421 caballos diciendo “buen día” mientras nos encaminamos a la vuelta de reconocimiento. Es ahí donde te acordás de que los autos alemanes tienen un sentido del humor particular: te dejan sentir que estás en control… mientras se ríen por dentro.
La pista tenía ese brillo de aceite viejo y sol de mediodía que te recuerda que el Mouras no perdona. Pero el C43 sí (al menos ese dia): te abraza, te contiene, te da la bienvenida a un lenguaje que hay que aprender rápido.
Segundo round. AMG GLC 43 Coupé y Otto en la butaca derecha como quien te mira y dice: “¿Seguro?”. El tipo corre en Turismo Carretera. Junto a Azar va a representar a Mercedes en 2026 en la popular categoría. Pero acá, su misión era simple: que yo me mantenga en la pista lo máximo posible…

Duré lo que tenía que durar. Algo salió mal, la rueda mordió donde no debía y… sí: al pasto. Nada épico, nada heroico. Un despiste humilde, compartido por varios invitados, casi una ceremonia de iniciación.
“No lo corrijas de golpe. Dejalo fluir”, fue su consejo después de hacer campo traviesa hasta subir de nuevo a la pista. Facilísimo decirlo. Difícilísimo hacerlo cuando la curva se acerca como si estuviera enojada con vos.
Pero Fritzler, imperturbable. Como un profesor zen que te dice que la vida es eso: cometer errores sin romper nada muy caro.
Por último llegó el turno del AMG CLE 53 4MATIC+, un auto que respira distinto con 449 CV que no te preguntan si estás listo. Simplemente te lanzan hacia adelante. Y Diego Azar al lado tuyo en modo copiloto/coach/psicólogo deportivo. “Frená. ¡Ahora! Soltá. Acelerá. No tanto. Bien…” Todo pasa en segundos. Tu cabeza tarda más.

El tramo cronometrado era preciso: desde la salida de los boxes hasta el ingreso de la última curva de la pista. Pero se sintió como si me estuviera jugando la autoestima en un sprint comprimido.
Llegué al final. Respiré. Pensé que había estado bien, pero las palabras de Azar me alertaron de que la vuelta no había sido la idea. “Frenaste mucho en la primera curva, pero el resto lo hiciste bien, ¡eh!”. Como para que no me bajara ni orgulloso ni deprimido. Y entonces…
LA TELEMETRÍA Y UNA PEQUEÑA VICTORIA
En el automovilismo todos lo saben: la telemetría es honesta hasta la crueldad. Y ahí estaba la verdad: la traza de Fritzler… y la mía. Un Da Vinci contra un dibujo con crayones.
Frené antes de lo que debía. Solté después. Dudé donde había que hundir el pie con fe ciega. Resultado: octavo sobre doce. A siete segundos del Colo Szebesta, que juega a otro juego (no por algo es el responsable del Ranking de Autoblog).

Pero entre líneas apareció eso: una curva -una sola- donde fui más rápido que Fritzler. Ahí. Ese mínimo destello. Ese milagrito estadístico que ni la computadora pudo ignorar.
No importaron los siete segundos. No importó el pasto. No importó que Azar me dijera que frené demasiado. Importó que, en una curva, por un instante microscópico, fui mejor que un piloto profesional.
LA GLORIA, A VECES, ES EXACTAMENTE ESO
Terminé pasado de euforia, con el corazón pateando el pecho. La AMG Experience no es un evento: es un sacudón emocional. Una mezcla perfecta de ingeniería alemana y vértigo argentino. Un recuerdo que no se evapora cuando se apaga el motor.
Volví a casa distinto. Volví repasando cada curva, cada error, cada indicación susurrada por los pilotos. Volví sabiendo que ser octavo duele… Pero haber dominado una curva mejor que Fritzler -una sola, una bendita curva- es suficiente para irme a dormir con un sonrisa orgullosa y absolutamente justificada. Porque la gloria, cuando es auténtica, entra incluso en un milímetro de pista.
ASÍ FUE LA AMG EXPERIENCE





