El día que rompí un UTV y me gané un viaje a Marruecos

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“Andá tranquilo que yo te voy a indicar todo”. La voz de Alberto Carricondo se escuchaba a la perfección a través del intercomunicador del casco pese al ruido que salía del motor del UTV Polaris. El vehículo todo terreno (de ahí sus iniciales en inglés) es pequeño, pero inspira respeto. Tiene un impulsor de 900 cm3 con una potencia de 138 caballos y una velocidad máxima cercana a los 140 km/h.

El entusiasmo por conducir este autito podía más que las recomendaciones de Carricondo, quien desde el vamos me aconsejó dosificar el acelerador y peinar el pedal de freno con el pie izquierdo “para no perder tanto tiempo”.

El parador El Chavo, en la localidad mendocina de Villavicencio, fue el lugar elegido una mañana de septiembre de 2011 para tener una experiencia singular: ser piloto por un día. La invitación corrió por cuenta del piloto dakariano Orly Terranova, quien en aquella época utilizaba una de estas máquinas para entrenarse y mantenerse en forma.

La prueba se realiza en un tramo muy trabado sobre un río seco. Hoja de ruta en mano, Carricondo dio primero las advertencias del caso. “Dale a fondo por el camino. En 30 metros tenés una curva a la izquierda. Hacéla tranquilo porque hay un paredón. Y tené cuidado porque saliendo hay una piedra grande”, avisó.

No había tiempo para mirar el velocímetro, pero yo tenía la sensación de que estamos yendo rápido. Vino la curva y con un preciso movimiento del volante la cortamos al medio… El UTV pasó a centímetros de la tremenda roca. Vino otra curva de iguales características a la anterior: cerrada y con una enorme pared, aunque esta vez hay que doblar a la derecha. Tampoco surgieron demasiados problemas.

Las vibraciones del volante ya se sentían en los antebrazos, más acostumbrados a estar apoyados sobre un escritorio que a aquel tipo de exigencias. Una molestia extra fue el casco, que al no ser del tamaño ideal se movía demasiado.

“Vamos a llegar a una cortada. Tenemos que subir. Vos dale a fondo. Llegamos arriba y doblá a la derecha”, me indicó Alberto. Aunque era la primera vez en mi vida que veía a Carricondo, no dudé en sus palabras ni un segundo. Llegamos a la cortada, divisé la subida y ahí fuimos. Al UTV no le costó nada trepar la pendiente. Llegamos a la cima y mi navegante me dio otra recomendación. “Tené cuidado que hay pozos pronunciados. Tomalos despacio”. No bien terminó de decirlo, apareció el primero. El UTV se sacudió para todos lados, pero pasó por el escollo sin contratiempos. Tomamos una curva a la derecha y apareció un sendero de ripio que me invitó a ir a fondo. “Cuidado que ahora vienen unas curvas. Levantá un poquito”, me ordenó Carricondo. Y así lo hice.

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“¿Te acordás del circuito?”, preguntó mi compañero antes de iniciar la segunda vuelta. La afirmación no lo convenció mucho y volvió a avisar de cada uno de los sectores más complicados. Ya en la primera curva, esa a la izquierda con el paredón y la piedra, apareció el primer exceso de confianza del día. La cortamos nuevamente por adentro, pero esta vez salimos directo hacia la roca. La esquivamos con lo justo, pero el movimiento del UTV delató que el contacto fue inevitable. Completamos el resto del tramo sin problemas. El ensayo fue cronometrado. Tardamos 8 minutos y 12 segundos, un registro que ninguno de los otros diez periodistas que participaron de esta experiencia pudo bajar…

Pasado el mediodía, y después de un rico asado, hubo otro contacto con el UTV. Pero en este caso jamás se logró ver la bandera de cuadros… Al menos con el UTV sobre sus cuatro ruedas.

Carricondo le dejó el lugar a Terranova. Y por cómo terminó la experiencia, se podría decir que no tuve un buen “feeling” con el nuevo navegante: a no más de un kilómetro de otro tramo la aventura terminó contra un pequeño álamo que desprendió la rueda delantera derecha del UTV… A diferencia de Carricondo, Orly solo me dio un par de indicaciones. Después explicaría que no decía nada porque no había nada que indicar. Algo que tiene cierta lógica para un piloto avezado en esto de las competencias del todo terreno, pero no para un principiante…

La cuestión es que tomamos una serie de curvas a una gran velocidad y en una de ellas el UTV siguió derecho, pegó contra el arbolito y quedó atascado. Al colocar marcha atrás el vehículo se movió, pero el “jajaja, le sacamos una rueda” de Terranova le dio punto final a la prueba. “La responsabilidad fue 50 y 50”, dijo luego el mendocino para que la culpa del incidente no recayera exclusivamente en el inexperto conductor. “Ahora sabe qué se siente cuando pasa algo así”, agregó. Y la verdad que tuvo razón. Después de vivir una jornada con tantas emociones, no llegar al final de la carrera fue decepcionante (más allá de tener un gran sentimiento de culpa el resto de los periodistas se quedó sin girar).

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Tampoco hubo mucho tiempo para lamentos. Radio en mano, Orly avisó que estábamos bien y pidió ayuda. Para que pudieran localizarnos, se fue al lugar más alto que encontró y de ahí hizo señas. Una VW Amarok vino al rescate y después de varios minutos el UTV estuvo nuevamente en marcha. Como remolcarlo era complicado, Terranova tomó el volante y para compensar la falta de la rueda junto a otras dos personas nos subimos a la parte trasera derecha del Polaris para hacer de contrapeso. Y así llegamos al campamento, donde no fuimos recibidos como héroes.

La experiencia no tuvo un final del todo feliz más porque estaba en juego un viaje al Rally de Marruecos, compromiso en el que Terranova participó como preparación para el Dakar 2012. Sin un ganador en la carrera se realizó un sorteo entre todos los participantes. Y el ganador fue… el que rompió el UTV.

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