Colita rutera: entre la electricidad estática, los mareos y la nostalgia

Durante décadas fue parte del paisaje de las rutas argentinas: una tira negra colgando del paragolpes y rozando el asfalto. Prometía descargar la electricidad estática, evitar la clásica “patada” al bajar del auto y hasta combatir los mareos. Pero detrás de la colita rutera había un fenómeno físico bastante más interesante de lo que parecía.

Hubo un tiempo en el que preparar el auto para salir de vacaciones incluía una serie de rituales que hoy parecen pertenecer a otra época. Revisar el agua, cargar algunas herramientas, acomodar las valijas, desplegar el mapa rutero y comprobar que detrás del auto siguiera colgando aquella misteriosa tira de goma negra que debía tocar el asfalto. Era la colita rutera…

Durante los años ’60, ’70 y ’80 se volvió un accesorio habitual en los autos argentinos. Se sujetaba al paragolpes o al chasis y quedaba arrastrando contra el piso. Su función, al menos en teoría, era sencilla: descargar hacia tierra la electricidad estática acumulada por el vehículo.

 La explicación parecía confirmarse cada vez que alguien bajaba del auto, tocaba la puerta y recibía esa pequeña pero molesta descarga eléctrica. Pero ¿por qué ocurría tanto en aquellos autos?

DE DÓNDE SALÍA REALMENTE LA ELECTRICIDAD ESTÁTICA

La primera aclaración es importante: no toda aquella electricidad estaba necesariamente acumulada en el auto. Muchas veces quien se cargaba eléctricamente era el propio ocupante.

El fenómeno se conoce como efecto triboeléctrico. Cuando dos materiales diferentes entran en contacto, se rozan y luego se separan, pueden intercambiar electrones. Uno queda con una carga positiva y el otro con una carga negativa. Un automóvil ofrecía un escenario perfecto para que eso ocurriera.

El conductor estaba sentado durante horas sobre un tapizado, movía su ropa contra el asiento, apoyaba y desplazaba los pies sobre alfombras o revestimientos y finalmente se deslizaba para bajar del vehículo. En muchos autos de aquellas décadas eran habituales los tapizados vinílicos, las telas sintéticas y los revestimientos plásticos, mientras que la ropa con nylon, poliéster y otros materiales artificiales también podía favorecer esa generación de carga.

Un estudio publicado en el Journal of Electrostatics investigó específicamente lo que ocurre al salir de un automóvil y llegó a una conclusión interesante: la principal fuente de la descarga suele ser el contacto y posterior separación entre la ropa del ocupante y el tapizado del asiento. Dependiendo de los materiales, los investigadores registraron potenciales superiores a los 20.000 voltios.

Parece una cifra enorme, pero la cantidad de energía involucrada es muy pequeña. Por eso el resultado generalmente se limita a aquel desagradable chispazo en un dedo.

LA FAMOSA “PATADA” APARECÍA JUSTAMENTE AL BAJAR

para qué servía la colita rutera

La secuencia era casi siempre la misma. Mientras la persona permanecía sentada, su cuerpo y el asiento estaban en contacto. Al comenzar a bajar, ambos materiales se separaban y aumentaba rápidamente la diferencia de potencial eléctrico. Si además llevaba calzado con suela aislante, la carga tenía más dificultades para escapar hacia el suelo.

El cuerpo podía quedar entonces cargado durante unos segundos. El momento decisivo llegaba al tocar una pieza metálica del auto. La diferencia de potencial encontraba de golpe un camino para equilibrarse y aparecía la pequeña chispa: la famosa “patada” eléctrica.

¿Y EL AUTO TAMBIÉN PODÍA CARGARSE?

Aunque buena parte de las pequeñas descargas que recordamos se originaban en el propio ocupante, un vehículo en movimiento también puede acumular carga electrostática.

El contacto repetido entre neumáticos y pavimento puede generar separación de cargas. Estudios específicos sobre vehículos en circulación comprobaron que automóviles, utilitarios y camiones pueden alcanzar potenciales electrostáticos bajo determinadas condiciones, especialmente en ambientes secos. Ahí aparece la razón por la cual la colita rutera tenía cierto fundamento técnico.

Los neumáticos aíslan parcialmente la carrocería del terreno, aunque no de manera perfecta: las cubiertas reales contienen distintos componentes y presentan cierta conductividad. De hecho, otro estudio del Journal of Electrostatics comprobó experimentalmente que, en determinadas condiciones, un automóvil cargado podía descargarse a través de los propios neumáticos al volver a entrar en contacto con el suelo.

La colita rutera buscaba “acelerar y asegurar” ese proceso proporcionando un camino conductor permanente entre la carrocería y el piso. Por eso incorporaba material conductor dentro de la goma y era fundamental que su extremo realmente tocara el suelo. Si quedaba demasiado corta y flotaba detrás del paragolpes, su función eléctrica prácticamente desaparecía.

ENTONCES, ¿FUNCIONABA?

para qué servía la colita rutera

La respuesta es más interesante que un simple sí o no. Podía servir para descargar una carrocería electrostáticamente cargada. El principio de conectar un objeto conductor con tierra para igualar su potencial es perfectamente válido.

De hecho, las descargas electrostáticas son tomadas muy en serio en determinadas actividades industriales y durante la manipulación de combustibles. Estudios sobre incendios producidos durante repostajes han identificado tanto la carga de vehículos como la de personas entre los factores que pueden producir chispas.

Pero la colita rutera tenía una limitación importante: si quien estaba cargado era el ocupante por haberse rozado contra el asiento, descargar el auto no necesariamente solucionaba el problema.

Por eso había conductores que juraban que después de instalarla nunca más habían recibido una descarga y otros que seguían llevándose la misma sorpresa al tocar la puerta. Ambos podían tener razón.

Y DESPUÉS APARECIÓ LA TEORÍA DE LOS MAREOS

La electricidad estática fue sólo el comienzo. En algún momento se difundió otro supuesto beneficio: la colita rutera evitaba que los pasajeros se marearan durante los viajes. La explicación popular sostenía que la acumulación eléctrica del auto provocaba malestar y que, al descargarla, desaparecían las náuseas. No hay evidencia científica sólida que vincule ambas cosas.

El mareo por movimiento —o cinetosis— aparece fundamentalmente por un conflicto entre la información que recibe el cerebro desde la vista y la proporcionada por el sistema vestibular del oído interno. La colita rutera difícilmente pudiera hacer algo frente a eso.

Pero en miles de familias argentinas la experiencia parecía demostrar lo contrario. “Desde que pusimos la colita los chicos no se marean”, era una frase suficiente para convertir un accesorio barato en parte obligatoria del auto. Y una vez instalada, nadie tenía demasiados motivos para sacarla.

¿POR QUÉ HOY CASI NO SE VEN?

para qué servía la colita rutera

La electricidad estática no desapareció de los autos modernos. Todavía hoy es perfectamente posible bajar de un vehículo y recibir una descarga al tocar una parte metálica. Lo que cambió fue la combinación de materiales, tapizados, tratamientos antiestáticos, diseño de interiores y neumáticos, además de nuestra propia relación con el automóvil.

Los fabricantes estudian desde hace décadas el problema precisamente porque afecta al confort de los pasajeros y puede interferir con componentes electrónicos. El desarrollo de materiales capaces de reducir la generación o facilitar la disipación de cargas convirtió aquellas descargas en algo menos habitual.

La colita rutera fue perdiendo protagonismo lentamente. No hubo una fecha en la que dejara de utilizarse; simplemente comenzó a desaparecer de los autos.

Todavía puede comprarse y sigue ofreciéndose como accesorio antiestático, aunque para buena parte del público ya pertenece más al terreno de la nostalgia que al equipamiento necesario.

UNA TIRA DE GOMA QUE NOS DEVUELVE A LA RUTA

Vista desde 2026, aquella colita negra parece insignificante. Pero explica bastante bien cómo era la relación con el automóvil hace algunas décadas.

Los autos llegaban de la concesionaria y después cada propietario los completaba a su manera. Les ponía fundas de asiento, faros auxiliares, defensas, espejos adicionales, calcomanías y accesorios que prometían solucionar pequeños problemas cotidianos.

La colita rutera estaba entre ellos. Tenía una explicación física real, algunas virtudes exageradas y otras directamente convertidas en mito. Pero terminó formando parte del paisaje.

No hace falta recordar qué marca tenía aquella que colgaba del auto familiar. Basta imaginarla arrastrándose por el asfalto detrás de un Falcon, un Torino, un Renault 12 o un Peugeot 504 cargado de valijas. Y de golpe volvemos a estar viajando hacia algún lugar, mirando la ruta desde el asiento trasero.

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Diego Durruty

Soy un periodista con más de 35 años en el ruedo. Arranqué en revistas como CORSA, El Gráfico, Coequipier y SóloTC, pero también me aventuré en el mundo digital en SportsYa!, e-driver.com y kmcero.com. Si eso no te sorprende, también me escuchaste en las radios Rock&Pop y Vorterix.com. Ah, y no puedo olvidar mis coberturas del rally Dakar para la agencia alemana dpa. Hoy en día escribo en Automundo.com.ar y para que no se me escape nada, también conduzco los magazines Dos Tipos Audaces y Motorix en YouTube. ¡No hay quién me pare, amigo!

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