
Franco Colapinto, Alpine y el abrazo que no llega: La Fórmula 1 también puede doler
Entre fallas técnicas y maniobras políticas, el argentino enfrenta la cara más cruda de la Máxima: la que no espera, no perdona y no protege.
Julio de 2024. Franco Colapinto debutaba como piloto en un Gran Premio de Fórmula 1 gracias a Williams que le entrega el auto de Logan Sargeant para que dispute la primera práctica libre del Gran Premio de Gran Bretaña. Su trabajo fue tan bueno que James Vowles no dudó en convocarlo cuando el tiempo de Sargeant en la escudería había llegado a su fin de manera prematura. Vowles entendía lo que significaba formar a un joven piloto y la tranquilidad de un entorno que, con sus limitaciones, no exigía resultados inmediatos. En nueve carreras, cometió errores, dio pasos firmes y fue creciendo. Pero, fundamentalmente, fue cuidado.
Hoy, esa etapa parece lejana. Franco viste el buzo de Alpine, un equipo que parece haberse quedado sin brújula, sin paciencia y -lo más grave- sin poder de reacción. Lo que parecía una buena decisión para que “pasara el tren”, se convirtió en una pesadilla que no deja de repetirse. Y en medio de todo este descalabro, como suele suceder cuando las cosas no van bien, los rumores están a la orden del día, provocando un ambiente enrarecido e intranquilo donde nadie tiene certezas y todos sospechan de todos.
SILVERSTONE, PUNTO DE QUIEBRE

Silverstone fue el circuito donde Franco debutó oficialmente como piloto de F.1. Un año después, ese mismo escenario se convirtió en un pozo emocional. Lo que debía ser una fecha para ratificar su crecimiento, terminó siendo un fin de semana negro, cargado de frustración.
El viernes había comenzado con señales positivas: parciales competitivos y un ritmo que, por momentos, lo colocó por delante de su compañero francés Pierre Gasly. Pero en la clasificación del sábado, un error de conducción en la Q1 lo dejó eliminado prematuramente. Fue un golpe duro, pero no el último. Porque lo peor aún estaba por venir y, paradójicamente, en nada tuvo el no poder largar el domingo.
Ese mismo sábado, mientras Alpine intentaba disimular su desorden estructural, Toto Wolff reveló lo que nadie esperaba escuchar en voz alta. “Briatore me ha contactado varias veces. Hoy mismo (por el sábado) hablé con él sobre Valtteri. Parece que hay un interés acelerado en Valtteri…”, explicó el mandamás de Mercedes –y manager del finlandés Valtteri Bottas– en una entrevista a Viaplay.

La frase, tan concreta como cortante, sacudió al paddock. Mientras Colapinto mantenía el rostro serio y esperaba que su equipo resolviera los problemas, su propio jefe deportivo negociaba -sin disimulo- con otro piloto.
La revelación de Wolff activó inmediatamente las alarmas en los fanáticos, siempre atentos al runrún del paddock, aunque no siempre con acceso a los detalles contractuales que atan a un piloto con su equipo. Porque sí, en los papeles Colapinto tiene asegurado su asiento para el resto del año. Pero en la Fórmula 1, las certezas duran menos que una vuelta lanzada. Y cuando un jefe habla con otro piloto -y además lo blanquean públicamente-, el ruido llega. Y ensordece.
Por eso no sorprendió que, al día siguiente y con el revuelo ya instalado, el propio Flavio Briatore saliera a enfriar la situación. Intentó bajarle el tono al asunto, restándole importancia tanto a las palabras de Wolff como -más llamativamente- a las del propio Bottas, quien había reconocido públicamente la existencia de las charlas con Alpine. El finlandés, en un intento de calmar las aguas, aclaró que se trataban de conversaciones orientadas a 2026. Pero ni siquiera ese gesto diplomático logró tranquilizar del todo al fandom colapintero, que sabe que en la Fórmula 1 una charla hoy puede ser un contrato mañana, y que cuando Briatore está en el medio, todo se mueve más rápido de lo que parece.
“No tengo esa información. Absolutamente no. Bottas es un buen piloto, pero ahora mismo tenemos a nuestros propios muchachos…”, dijo Briatore, como si sus gestos no hablaran por él. Aunque todos saben que en la Fórmula 1 las palabras valen menos que las acciones.
Silverstone le mostró a Franco, con crudeza, lo que es estar solo en el lugar más expuesto del mundo. Y el cierre fue tan simbólico como cruel: el domingo, ni siquiera pudo largar la carrera por el mismo fallo de caja de cambios que ya lo había dejado fuera en la clasificación del GP de España.
Dos Grandes Premios, mismo fallo, mismo resultado: frustración y desconfianza. Es el peor escenario posible para un piloto joven en evaluación constante. Y aún así, Briatore no habló del problema técnico. Habló de Bottas…

Y para colmo Alpine es último en la Copa de Constructores. Después de 12 fechas, suma 19 puntos, todos obtenidos por Gasly. El equipo está por detrás incluso de Haas y Sauber. Y la situación no mejora: errores de fiabilidad, estrategias confusas y un ambiente interno donde el silencio pesa más que los datos.
BRIATORE: EL PADRINO QUE NO PROTEGE
Hay algo profundamente injusto en la situación que vive Colapinto. Briatore fue quien lo impulsó dentro de Alpine. El mismo que lo presentó como apuesta de futuro. Pero con sus actitudes lejos está de darle la confianza que el argentino necesita para demostrar cuánto vale. Tuvo algunos destellos de buenos momentos, pero con un auto que es tan difícil de manejar, como lo reconoció el propio Gasly, es difícil conseguir lo que el mismo Flavio le pidió: ser rápido, no chocar y sumar puntos.
El estilo Briatore siempre fue así: seduce, impulsa, exige… y abandona. Lo hizo con pilotos, con ingenieros, con sponsors. En 2008 lo suspendieron de por vida por su rol en el Crashgate. Volvió. Hoy, maneja Alpine como si fuera su cortijo personal. Y nadie -ni siquiera un pibe argentino con talento y un fuerte apoyo comercial- está a salvo.
EL CONTRASTE CON WILLIAMS

En el entorno de Colapinto ya lo dicen sin vueltas: “Con Vowles, esto no pasaba”. Y no es nostalgia. Es diagnóstico. En Williams, Franco tenía un jefe que lo trataba con una lógica casi paternal, entendiendo que un piloto joven necesita respaldo, no amenazas.
Ese paraíso que parecía Williams, con un Vowles que educaba más que juzgaba, fue un oasis en un desierto de crueldad. Porque la verdadera Fórmula 1 no es la que vivió Franco en sus primeros pasos. La verdadera Fórmula 1 es la que ahora lo envuelve en Alpine: fría, implacable, sin memoria ni gratitud. Donde los errores se pagan caro, donde cada vuelta es un examen, y donde no existen los sentimientos.

Lo dijo mil veces Flavio Briatore -y no le tiembla la voz al repetirlo-: “En la F1 no hay lugar para los sentimientos”. Y esa es la lógica que impera ahora sobre los hombros de Colapinto. Su carisma, sus frases ingeniosas, su conexión con los fanáticos o incluso los millones de dólares que aportan sus sponsors, no alcanzan. En esta jungla, la única forma de cuidar su butaca es con rendimiento puro. Y no cualquier rendimiento: uno sin errores. Sin margen. Sin vacilaciones.
Porque en Alpine, como en la F.1 de verdad, los contratos se honran hasta que dejan de ser convenientes.
NO HAY MARGEN PARA EQUIVOCARSE
Franco Colapinto no está fallando. Está resistiendo. A un auto que no responde. A un equipo que pareciera no cuidarlo. A un jefe que lo observa con la frialdad de quien sabe que, si no suma pronto, hay otro esperando en la puerta. Está resistiendo a una Fórmula 1 que le está mostrando su verdadero rostro.

Le piden madurez en un entorno infantilmente caótico. Le exigen resultados con herramientas rotas. Le reclaman solidez mientras le sacan el piso. En esta categoría, donde los abrazos son de prensa y las promesas tienen fecha de vencimiento, Colapinto aprendió demasiado rápido que no hay margen para equivocarse.
Pero aún así, sigue ahí. Esperando una carrera limpia. Una tanda completa. Una vuelta que valga. Sabiendo que, si llega ese momento, puede demostrar todo lo que tiene adentro.
Por eso, entre tanto ruido y sospecha, hay una frase que retumba con nostalgia entre sus seguidores y también en quienes lo llevaron hasta acá: “Éramos felices y no lo sabíamos”. Porque en Williams no había magia, pero sí había algo que Alpine hoy le niega: el derecho a crecer sin miedo.
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