
Llegar al Dakar también es una prueba de resistencia
Salir de Argentina rumbo al Dakar en Arabia Saudita es una carrera en sí misma. Demoras, escalas ajustadas, vuelos incómodos y noches mal dormidas forman parte del peaje inicial.
DIARIO DE VIAJE DESDE ARABIA SAUDITA
El Rally Dakar no arranca con el prólogo ni con la primera especial. Arranca antes, cuando el viaje todavía es más largo que la carrera y el cuerpo empieza a pagar el precio de estar lejos de casa. Desde Argentina, llegar al Dakar en Arabia Saudita es un trámite tedioso, largo y poco amable, más cercano a una prueba de resistencia que a un simple traslado.
En mi caso, el Dakar 2026 comenzó el 26 de diciembre, después de celebrar la Navidad en familia, con un bolso cerrado a las apuradas y la cabeza ya puesta en Medio Oriente. Lo que vino después -demoras, escalas ajustadas, vuelos incómodos y noches mal dormidas- fue apenas un anticipo de lo que esta carrera siempre propone: adaptarse o quedarse en el camino.

Salí de Buenos Aires con esa mezcla rara de despedida y rutina. Navidad recién terminada, abrazos largos y el silencio posterior a los brindis. La primera escala fue San Pablo, que suele ser apenas un trámite, pero esta vez marcó el tono del viaje. El avión tuvo un intento de aterrizaje abortado y eso sumó una hora extra de demora. Nada dramático en los papeles, suficiente en la práctica para que la conexión siguiente dejara de ser cómoda y pasara a ser una carrera silenciosa por pasillos interminables.
La conexión a Roma se hizo con el tiempo justo. Correr, mostrar pasaporte, sentarse en la butaca y recién ahí respirar. Llegar a tiempo al embarque fue casi un acto de fe. El cuerpo seguía a ritmo, la cabeza todavía no.
Roma fue una pausa necesaria. Un día entero sin aviones, sin relojes cruzados, sin anuncios por altoparlante. Sirvió para recuperar del primer sacudón del viaje, para volver a dormir en una cama de verdad y para que el jet lag afloje un poco la presión. No fue turismo ni paseo: fue supervivencia inteligente. Caminar, comer, ordenar ideas. El Dakar también se prepara en esos intermedios que no salen en cámara.

El domingo 28 de diciembre tocó volver al aire, esta vez rumbo a Jeddah. Y otra vez, el reloj jugando en contra. La salida se demoró dos horas y hubo cambio de avión incluido. Cuatro horas de vuelo en una butaca poco amable, donde descansar fue un desafío que no se superó. Se intentó. No alcanzó. El cuerpo llegó antes que el sueño.
La llegada a Arabia Saudita fue ya entrada la noche. Migraciones ordenadas, silencios largos, miradas atentas pero correctas. Todo funciona, pero a su ritmo. Afuera, el aire cálido del mar Rojo y una ciudad que no grita, que observa. Por ahora, la base es Jeddah. Todavía no estoy en Yanbu. A Yanbu voy mañana, martes 30, cuando finalmente me acerque al epicentro de los primeros días del Dakar 2026.
El cierre de la jornada fue el menos glamoroso, pero el más real: el alojamiento. Una reserva cancelada por no llegar a tiempo, alternativas que se caen, mensajes cruzados mientras el cansancio pide tregua. Al final, apareció una habitación gracias a que el manager del Hotel Ibis nos confirmó que le había llegado el mail de Marcelo Carballar, nuestro gurú, avisando de la demora.
El amable árabe entendió que se había avisado con antelación de la demora y por eso, si bien el hotel estaba lleno, nos consiguió un par de habitaciones mejores que las que teníamos asignadas originalmente. ¡Y al mismo precio! Suficiente para todos.
Por ahora, el Dakar es esto. Aeropuertos, escalas, demoras, cuerpos cansados y cabezas que se acomodan de a poco. Yanbu espera con las verificaciones, el prólogo y las primeras etapas. Pero la carrera ya empezó. Empezó el día que salí de casa después de Navidad. Y como siempre, el Dakar te avisa desde el primer kilómetro -aunque sea en un aeropuerto- que nada va a ser sencillo. Y que justamente por eso, vale la pena estar acá.