Nuevo Acuerdo de la Concordia: cómo la Fórmula 1 volvió a escribir sus reglas de poder
La renovación hasta 2030 consolida un modelo más centralizado y reabre un viejo debate: quién manda realmente en la máxima categoría.
La Fórmula 1 acaba de firmar algo mucho más profundo que un simple acuerdo administrativo. La renovación del Acuerdo de la Concordia, que tendrá vigencia de 2026 a 2030, rubricada por la Formula One Management, la Federación Internacional del Automóvil y los once equipos actuales, redefine otra vez el delicado equilibrio de poder que sostiene al campeonato más influyente del automovilismo mundial. No es solo un contrato: es la Constitución política de la F1 moderna.
Teniendo en cuenta que el acuerdo comercial entre las partes ya fue cerrado antes del GP de Australia de este año, el nuevo acuerdo de gobernanza fija las reglas del juego para los próximos cinco años: quién vota, quién decide, quién cobra y, sobre todo, quién tiene la última palabra cuando hay que tomar decisiones incómodas.

La firma se produjo en un contexto cargado de simbolismo: las Asambleas Generales de la FIA en Tashkent, Uzbekistán, con la reelección de Mohammed Ben Sulayem como presidente del organismo rector y la ceremonia de premios como telón de fondo. Nada es casual en la F.1.
QUÉ CAMBIA EL NUEVO ACUERDO DE LA CONCORDIA
En términos concretos, el nuevo acuerdo introduce modificaciones clave en tres frentes sensibles: finanzas, gobernanza y votaciones.
Uno de los puntos centrales es la reestructuración de las tasas de inscripción que los equipos y la FOM pagan a la FIA. Según informó Motorsport, el organismo rector recibirá más ingresos directos, dinero que -al menos en el discurso oficial- será reinvertido en la profesionalización de áreas críticas como el cuerpo de comisarios, el sistema de dirección de carrera, el marshalling y otros servicios esenciales para el campeonato.
Pacto de la Concordia: El poder tras bastidores que define la Fórmula 1
Este punto no es menor. Desde hace años, los equipos vienen reclamando mayor coherencia y profesionalismo en el arbitraje deportivo, mientras que la FIA argumenta que la explosión comercial de la F.1 no siempre fue acompañada por un crecimiento equivalente de sus recursos operativos.
El segundo cambio fuerte aparece en el sistema de votación de la Comisión de F.1, el órgano donde se deciden los grandes rumbos técnicos y deportivos. A partir de 2026, para alcanzar una mayoría simple ya no harán falta seis votos de los equipos, sino solo cuatro de los once, además del aval de la FIA y la FOM. Y para una supermayoría, el número baja de ocho a seis equipos. Traducido sin eufemismos: la FIA y la FOM ganan peso político frente a las escuderías.
ESTABILIDAD… O CONTROL

Desde la versión oficial, el argumento es claro: este nuevo esquema facilitará la toma de decisiones complejas y le dará mayor estabilidad al campeonato, evitando bloqueos políticos como los que históricamente frenaron cambios técnicos necesarios.
Pero leído entre líneas, el movimiento también marca un corrimiento del poder desde los equipos hacia el eje FIA–FOM, algo que no todos celebran puertas adentro del paddock.
No es casual que esta discusión resurja justo en la antesala del gran cambio reglamentario de 2026, con nuevos motores, nueva aerodinámica y un delicado equilibrio entre costos, sostenibilidad y espectáculo. En ese escenario, reducir la capacidad de veto de los equipos es una herramienta poderosa.
UN ACUERDO CON HISTORIA

Para entender el peso de esta renovación, hay que mirar hacia atrás. El primer Acuerdo de la Concordia, firmado en 1981, fue una solución de emergencia a la guerra abierta entre la FISA, FOCA y los equipos. Bernie Ecclestone, con olfato político quirúrgico, lo convirtió en el instrumento que le permitió centralizar el poder comercial de la F.1 durante décadas.
Desde entonces, cada renovación del Acuerdo de la Concorde fue una negociación tensa, cargada de amenazas de ruptura, equipos rebeldes y pulsos de poder. Ferrari obtuvo históricamente vetos especiales. Red Bull y Mercedes aprendieron rápido a jugar fuerte. Y la FIA osciló entre un rol arbitral y otro más protagónico, según quién ocupara la presidencia.
El último acuerdo, firmado en plena pandemia, sentó las bases del límite de presupuestos y de una F.1 más racional en términos financieros. El nuevo pacto va un paso más allá: no solo ordena el dinero, sino que ordena la política interna.
LA FIA Y SU NECESIDAD DE RECUPERAR PROTAGONISMO
La figura de Mohammed Ben Sulayem es clave para entender este movimiento. Desde su llegada a la presidencia, el emiratí insistió en que la FIA no podía seguir siendo un actor secundario en un negocio que factura miles de millones de dólares.

El crecimiento exponencial de la F.1 bajo la era Liberty Media dejó al descubierto una paradoja incómoda: el organismo rector tenía cada vez más responsabilidades, pero no necesariamente más recursos ni más poder real.
Este nuevo Acuerdo de la Concordia parece responder a esa lógica. Más ingresos, más peso en las votaciones y una posición más sólida frente a los equipos. La pregunta es si ese fortalecimiento se traducirá efectivamente en mejor gestión deportiva o si abrirá nuevos frentes de conflicto.
UNA F.1 MÁS ORDENADA, PERO MENOS ROMÁNTICA
La Fórmula 1 de 2026 en adelante será más profesional, más centralizada y, probablemente, más previsible en sus procesos de toma de decisiones. Para algunos, eso es una buena noticia. Para otros, es el precio a pagar por dejar atrás una era donde los equipos podían torcerle el brazo al sistema.
El Acuerdo de la Concordia nunca fue un documento neutro. Siempre reflejó el espíritu de su época. Y este nuevo Concorde deja en claro algo: en la F.1 del siglo XXI, el espectáculo sigue siendo el rey, pero el poder ya no se reparte como antes.



