La carta a Franco Colapinto después de su golpe más doloroso
El argentino llegó a estar tercero en Monza después de superar a Max Verstappen. Un error lo mandó al fondo y, aunque remontó hasta el noveno lugar, terminó llorando. Esta carta es para recordarle todo lo que aquella carrera mostró.
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Franco Colapinto cruzó la meta del Gran Premio de Italia de Fórmula 1 en el noveno puesto y sumó dos puntos. Si alguien mira solamente la planilla, encontrará un buen resultado. Si vio la carrera, sabe que esa planilla no cuenta ni la mitad. Porque Franco llegó a estar tercero…
Había largado séptimo y, después de la bandera roja, ocupó el cuarto lugar en la nueva partida. Cuando se apagó el semáforo atacó a Max Verstappen, le ganó la primera chicana y puso al Alpine entre los tres primeros. El neerlandés recuperó la posición poco después y, unos metros más adelante, Colapinto perdió el auto en Lesmo. La excursión por la leca lo dejó 16° y con daños, pero logró volver hasta el noveno lugar.

Después se bajó del auto y lloró. No lloró por haber terminado noveno. Tampoco por los dos puntos que figuran en la clasificación. Lloró por lo que había tenido entre las manos. Por esa oportunidad que apareció de golpe y desapareció todavía más rápido.
El error fue suyo. Él mismo lo reconoció. No hace falta buscar excusas ni fabricar culpables. Pero reducir toda su carrera a ese despiste también sería injusto.

Porque suyos fueron el ataque a Verstappen, la velocidad para estar adelante y el trabajo posterior para recuperar siete posiciones con un auto golpeado. Solemos pedirles a los pilotos hambre, ambición y rebeldía. Entonces tampoco debería sorprendernos que un noveno puesto les duela cuando sienten que pudieron conseguir mucho más.
Si Franco se hubiese bajado festejando esos dos puntos como si nada hubiese ocurrido, quizás tendríamos un motivo mayor para preocuparnos. Por eso, en lugar de hacer otra autopsia del error, preferí escribirle…
Franco:
No llores por esos 25 segundos. No los mires como algo que se escapó. Miralos como una prueba.
Porque durante 25 segundos estuviste ahí. Adelante. Mezclado con los mejores. Peleando por algo grande. Y no fue un regalo, no fue casualidad, no fue porque pasó algo raro. Estabas ahí porque habías hecho una gran carrera.
Sí, después vino el error. Y seguramente duele. Mucho. Porque cuando uno siente que tiene algo importante entre las manos, perderlo pega más fuerte.
Pero hay algo que no se puede borrar. Después de caer al fondo, volviste.
Volviste a pasar autos, volviste a pelear, volviste a los puntos. Y lo hiciste con la bronca, con la frustración y con esa sensación horrible de saber que minutos antes habías estado mucho más arriba.
Eso también dice quién sos como piloto. A veces una carrera no te muestra solamente dónde terminaste. También te muestra hasta dónde podés llegar. Y Monza mostró eso.
Nos regaló apenas 25 segundos de una imagen que todavía no estamos acostumbrados a ver: un argentino peleando adelante en la Fórmula 1.
Fueron 25 segundos. Nada más. Pero alcanzaron. Alcanzaron para ilusionarnos. Para imaginar. Para entender que eso que hoy duró tan poco, algún día puede durar una vuelta, después diez, y más adelante una carrera entera.
Por eso no llores por lo que pasó después. Quedate con lo que hiciste. Con la remontada. Con los puntos. Y, sobre todo, con esos 25 segundos.
Porque quizás esos 25 segundos no fueron el final de algo, sino el principio de una hermosa historia.





