El día que Aston Martin quiso tocar los 320 km/h: la increíble historia del Bulldog
Tuvo 700 CV, puertas alas de gaviota y ambición de récord. Pero lo frenaron. Décadas después, el Aston Martin Bulldog logró lo que había prometido...
- El Aston Martin Bulldog se exhibe actualmente en el Museo Automotriz Petersen en una muestra llamada “La Revolución de la Cuña: Autos a la Vanguardia”.
Escocia, 2023. El rugido del V8 biturbo retumba sobre la pista del aeródromo de Machrihanish, una antigua base de la OTAN. Al volante, el piloto oficial de Aston Martin, Darren Turner, empuja la aguja del velocímetro más allá del límite mítico. Cuando el cronómetro se detiene, la cifra es tan clara como histórica: 330,488 km/h. Cuarenta y tres años después de su concepción, el Aston Martin Bulldog finalmente cumplía su promesa. No era una leyenda. Era real. Y estaba volando.
Para entender por qué este hecho emociona a fanáticos y puristas, hay que volver a los años ‘60. Un tiempo en el que Aston Martin, aún pequeña frente a Ferrari o Lamborghini, soñaba con dar un salto de audacia técnica sin precedentes. Bajo la dirección de Alan Curtis y con el genio de William Towns en el diseño, nació el Bulldog: un prototipo de superauto con carrocería tipo cuña, puertas de apertura vertical, chasis spaceframe y un motor central que prometía cifras de escándalo.

No se trataba de marketing vacío: en su versión de fábrica, el Bulldog desarrollaba más de 700 caballos de fuerza gracias a un V8 con doble turbocompresor Garrett y alimentación por inyección Bosch. El objetivo era claro: ser el primer automóvil de producción en alcanzar las 320 km/h. Poco importaba que la producción planeada fuera de apenas 25 unidades. La apuesta era ganar prestigio y respeto entre gigantes.
Y estuvieron cerca. Muy cerca. En 1980, el Bulldog alcanzó 307 km/h en MIRA, un centro de pruebas en Reino Unido. Pero entonces llegó un golpe seco y silencioso. Victor Gauntlett, nuevo presidente de la firma, aplicó una política más conservadora: decidió detener el proyecto por su elevado costo y redirigir los esfuerzos a los modelos tradicionales de la marca. Así, el Bulldog fue vendido a un coleccionista en 1984, y pasó a formar parte del folclore automotor británico: una historia de lo que pudo haber sido.
EL DISEÑO MÁS AUDAZ DE ASTON MARTIN

Pocas veces un concepto capturó tanto la imaginación como el Bulldog. William Towns, referente del diseño angular de la época, trazó una silueta radical: el auto medía apenas 109 cm de alto, pero era más ancho que un Rolls-Royce. El objetivo era reducir la resistencia al viento. La inspiración de las puertas tipo “gullwing” (estilo Mercedes 300 SL) era tanto dramática como funcional: facilitaban el acceso al interior sin comprometer el bajo perfil.
Curtis, además, bautizó al proyecto en honor al avión que solía pilotar: un Scottish Aviation Bulldog. Pero el nombre también encajaba perfecto con el espíritu combativo, tenaz y decididamente británico de la creación.
DEL OLVIDO AL RENACIMIENTO

Décadas más tarde, el Bulldog fue hallado, algo maltrecho, en un depósito en Medio Oriente. Ahí reapareció su viejo némesis, convertido en aliado: Richard Gauntlett, hijo del hombre que había frenado el proyecto. Fue él quien gestionó su compra por parte de un coleccionista estadounidense y llevó el coche al prestigioso taller Classic Motor Cars, en Shropshire.
Comenzó así una restauración épica. Más de 6.000 horas de trabajo para devolverle al Bulldog su forma original. No se trataba solo de revivir un concept, sino de cumplir la profecía: romper la barrera de las 320 km/h.

Primero vino una prueba de fuego en 2021, en la base aérea de Yeovilton: el Bulldog alcanzó 260 km/h, todavía lejos del objetivo, pero sólido tras 40 años en silencio. Lo que siguió fue una serie de ajustes minuciosos: puesta a punto aerodinámica, refuerzo estructural, validación de frenos y neumáticos. Todo apuntaba a ese día en Campbeltown donde finalmente se cumplió con el objetivo original.
EL LEGADO DE UN ÚNICO RUGIDO
En la historia de los superautos, el Aston Martin Bulldog es una anomalía hermosa. No fue un éxito comercial. No fue pionero en ventas. No apareció en películas de espías ni fue ploteado con patrocinadores. Pero fue visionario. En una época en la que la velocidad máxima de un Porsche 911 Turbo era de 249,395 km/h y el Ferrari F40 aún no existía, Aston Martin había imaginado -y casi logrado- un misil terrestre.

Cuando finalmente lo hizo, más de cuatro décadas después, no solo se reivindicó la ingeniería británica. También se honró a un equipo que, desde el exilio del proyecto, supo que no estaban equivocados. Que el Bulldog no era una fantasía: era una realidad adelantada.
En un mundo donde los superautos hoy nacen desde laboratorios digitales, el Bulldog recuerda que la pasión, la terquedad y un lápiz afilado pueden crear algo eterno. Una máquina que desafió su destino… y ganó.



