Agustín Canapino y la Triple Corona, un título honorífico aún en disputa
Ganar tres títulos en un mismo año es un logro indiscutible, pero el contexto histórico y político reabre el debate sobre el verdadero significado de la Triple Corona en el automovilismo argentino.
En el automovilismo argentino, las palabras nunca son inocentes. Mucho menos cuando se usan como trofeos simbólicos. Por eso, la llamada “Triple Corona” que Agustín Canapino consiguió en 2025 merece algo más que un aplauso automático: necesita contexto, memoria y una lectura política. Porque sí, el logro deportivo es indiscutible. Pero el rótulo elegido resulta excesivo cuando se analiza la situación en profundidad.
Canapino fue campeón del Turismo Carretera, del TC Pick-Up y del Tur Car 2000. Tres categorías fiscalizadas por la Asociación Corredores Turismo Carretera, tres títulos en un mismo año calendario, algo que nadie había conseguido antes. Desde el punto de vista estadístico, es una proeza. Desde el plano conductivo, también. Ganar en autos tan distintos, con reglamentos y lógicas competitivas diferentes, no es casualidad ni marketing: es talento puro.
El problema -si es que hay uno- no está en Canapino. Está en cómo se cuenta la historia.
CUANDO LA TRIPLE CORONA TENÍA OTRO PESO ESPECÍFICO

La Triple Corona no nació como un slogan. Surgió en los primeros años del siglo XXI, cuando los principales pilotos del país comenzaron a diversificar su actividad compitiendo en más de una categoría en una misma temporada. En ese contexto, el concepto tenía un sentido claro y compartido.
El Turismo Carretera y el TC2000 eran la cima indiscutida. El tercer escalón lo disputaban, según la época, el Turismo Nacional o el Top Race. Popularidad, historia, presencia federal, nivel técnico y competitividad: esos eran los criterios no escritos que le daban valor simbólico al halago.
Antes de que se instaurara formalmente este título honorífico, Juan María Traverso había logrado algo comparable en términos de impacto, cuando en 1995 fue campeón del Turismo Carretera y del TC2000. Por entonces, el TN atravesaba una etapa de menor protagonismo y el Top Race aún no existía. Ya en el Siglo XXI, José María López estuvo a un paso de conseguirlo en 2009, pero una mancha de aceite le privó ser campeón de TC en la misma temporada en las que campeón en Top Race y TC2000.
No hubo Triple Corona, pero en los éxitos del Flaco y Pechito hubo algo que todavía hoy pesa más: legitimidad histórica. Porque esas categorías no necesitaban explicación. Se explicaban solas.
Dicho de manera sencilla: hablar de Triple Corona implicaba dominar las categorías más relevantes del país, no simplemente acumular títulos en un mismo año calendario.
EL CONTEXTO POLÍTICO NO ES UN DETALLE MENOR
Que esta Triple Corona se construya exclusivamente dentro del ecosistema ACTC no es un dato secundario. Ocurre en medio de una pelea de poder abierta con el Automóvil Club Argentino, con el Tur Car 2000 como pieza central de un tablero que excede largamente lo deportivo.
Esta categoría no nació de una evolución natural del automovilismo argentino, sino como el resultado de una escisión política: equipos que se alejaron del TC2000 en medio de un conflicto abierto, con el objetivo explícito de debilitar a la categoría histórica y reorganizarse bajo el paraguas de la ACTC.

Por eso, llamar Triple Corona a este combo de títulos logrado por Canapino es también una declaración con la firma de la ACTC. Es decir: “este es nuestro mundo, estas son nuestras categorías y acá también se hace historia”. Es lógico que la entidad defienda su territorio. Lo que no corresponde es redefinir conceptos históricos como si el pasado no existiera.
Para decirlo sin rodeos -y aunque les moleste a los amigos de Bogotá 166- el Tur Car 2000 todavía tiene un largo camino por recorrer para ser considerada una categoría relevante en el sentido histórico del término. El tiempo, la continuidad y la construcción de identidad son cosas que no se compran ni se decretan: se ganan.
La TC Pick-Up, en cambio, logró consolidarse como un certamen competitivo gracias a una decisión estratégica clara de la ACTC: “convencer”, a su manera, a los pilotos del Turismo Carretera de subirse a las chatas y sostener el espectáculo con nombres fuertes.
CANAPINO, POR ENCIMA DE LA ETIQUETA
Dicho todo esto, conviene hacer una aclaración clave: nada de lo anterior le quita mérito a Agustín Canapino. Al contrario. Si algo demuestra este año es que su calidad conductiva está por encima de cualquier discusión semántica.
Ganó en cinco categorías distintas en una misma temporada. Además de consagrarse en los campeonatos mencionados, también ganó carreras en Turismo Pista y en Turismo Nacional. Autos distintos, escenarios distintos, presiones distintas. Eso no lo convierte en un “producto del sistema”. Lo confirma como uno de los mejores pilotos del automovilismo argentino contemporáneo, sin asteriscos.
La Triple Corona puede discutirse. El talento de Canapino, no.
EL VERDADERO RIESGO: BANALIZAR LOS SÍMBOLOS
El automovilismo argentino está lleno de palabras grandes: historia, tradición, mística. Usarlas livianamente es el camino más corto para vaciarlas de contenido. Y cuando eso pasa, el que pierde no es un piloto ni una categoría. Pierde el deporte.
Canapino hizo algo extraordinario, sí; pero la Triple Corona, como concepto histórico, sigue en discusión. Y en esa diferencia -incómoda, pero necesaria- está la madurez que hoy le falta al debate. Porque los títulos se ganan en la pista. Pero la historia, siempre, se gana con el tiempo.



